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ESTERTOR |
Leí
que la mayoría de los asesinos seriales son hombres y también
leí que la mayor parte de sus víctimas son mujeres...
Me encontró la noche de la reunión cuando iba de regreso
a mi casa, yo caminaba por la avenida principal en contra corriente
del tránsito. No me preguntó la hora ni trató
de molestarme, no venía en carro ni acompañado, sólo
apareció de pronto, me tapó la boca y me cargó
en vilo hasta un callejón. No pude gritar, con el primer
golpe perdí el conocimiento.
Desperté en un lugar oscuro y maloliente, amarrada por las
extremidades a cada una de las patas de un viejo y desvencijado
camastro, semidesnuda, silenciada con cinta adhesiva. Durante el
desmayo el raptor me rasgó la ropa con violencia y ultrajó
mi cuerpo aunque no registré el hecho conscientemente
sino hasta el nuevo ataque sexual. No muy lejos, en un sillón
de basurero, ese hombre revisaba minuciosamente mis tenis con el
rostro descompuesto mientras se sobaba el miembro; el jadeó
y la contorsión descansó con la expulsión gelatinosa
y blanquecina que iba escurriendo por su mano. De repente se levantó
furioso y me golpeó con un madero que recogió del
suelo hasta hacerme sangrar. Miré aterrada sus ojos desorbitados
por el placer y lo supe, encajó de forma certera el palo
por mi culo. Caí lento en un oscuro total mientras pensaba
un loco, es sólo un loco, uno de tantos que aprovecha
la fama de la ciudad para realizar sus enfermas manías.
En las reuniones, al contrario de la versión de las
autoridades se descartaba la posibilidad de un asesino serial;
las hipótesis de las compañeras apuntaban generalmente
al narcotráfico y a la complicidad del gobierno estatal y
federal. La imaginación fantasiosa de la población
hablaba de ritos satánicos, tráfico de órganos
o crímenes pasionales. Lo cierto es que no se esclarecía
con ninguna teoría las más de doscientas muertas y
cientos de desaparecidas.
Mi terror se fue acompañando de odio y coraje. De nada valía
la lucha organizada de mujeres en Ciudad Juárez, la participación
de peritos en criminología y los escritos en la Prensa para
detener el maldito femicidio. Todo eso no importa, el psicópata
me lame de cuando en cuando entre las piernas, pellizca mis pezones,
retira la mordaza para introducir su pene en mi boca para luego
regresar a acariciar los zapatos deportivos. Traté de reconocerlo,
de indagar en mi memoria si alguna vez había tenido contacto
con él, si se trataba de alguna venganza o uno de los tantos
y ya sabidos secuestros políticos; pero no, su cara me era
desconocida. No había indicios de que con el rapto buscara
alguna respuesta o consecuencia de peso. Estaba claro que el tipo
no conocía a sus víctimas, escogía al azar,
y ahí estaba yo caminando por la avenida. Pudo ser cualquier
mujer sola vagando esa noche de viernes; pero fue a mí, a
la asesora legal del movimiento a quien amagó y arrastró
a este catre, en donde lleno de malsano placer me explora la vulva
con un lente de aumento y hunde en la cavidad sus dedos ansiosos
mientras muerde mis caderas.
Me Introduce en la vagina y en el ano toda clase de cosas: palos,
tubos, plásticos. Pero a mi boca no lleva nada de alimento.
Ya perdí el conteo del tiempo que ha transcurrido desde esa
noche en que buscaba mi auto... no sé en qué momento
la esperanza me desapareció de la mente.
Seguro se abrió un expediente y se hizo la búsqueda
de rigor. No pasará mucho si no es que ya ahora
para que el fólder termine empolvado encima de un escritorio
y los buscadores se sienten a esperar que aparezca mi cadáver
en el desierto. Para encontrar al sicótico que me tiene retenida,
las autoridades municipales podrían tener voluntad y competencia
o ponerse a pensar por dónde empezar a buscarme;
mas no lo creo, estarán ocupados recibiendo jugosas sumas
ganadas con silencio e ineptitud. El hilo conductor de los crímenes
no cuenta con los mismos motivos, acciones, o formas de matar; pero
sí es el mismo hecho que permite que sucedan: corrupción.
Franky, como decidí llamarle, es un hombre joven de aspecto
inofensivo, a pesar de su gran estatura y espesor. Tiene manos grandes,
acné en el rostro y el cuello; suda copiosamente, come compulsivo
bolsas de fritangas y toma refresco de dieta. No habla y mira fijo
el televisor cuando no está haciendo otra cosa. Sale a trabajar
temprano y regresa a media tarde. Nadie viene a visitarlo. Cuando
llega, flagela mi cuerpo llagado y entumecido. Por las noches, únicamente
me penetra nunca me ha besado.
No entra luz por las rendijas del techo. Es muy noche. ¿Por
qué no ha vuelto?, no es su costumbre llegar tarde. ¡Tal
vez algo le pasó y yo no puedo ir a buscarlo...!
Hoy Franky lavó de mi espalda el excremento reseco que desde
el primer día que llegué dejó el miedo... ¡Franky
me dio comida y agua!
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| LA
PAZ DEL SEÑOR |
Como todos los lunes, Sofía llega antes de que den la primera
llamada a la iglesia de la Asunción, para arreglar las flores
que lleva sin falta. Se adelanta para rezar un rosario por sus muertos
y decir sus oraciones con calma, sin que nadie la moleste: lleva
veinticinco años de devoción a la virgen.
Viste siempre de negro para ir al templo, aun cuando va a la casa
parroquial a darle servicio al padre Leopoldo, quién le ha
pedido muchas veces que no lo haga. A Sofía le parece irreverente
entrar al territorio de la madre de Dios en atavíos poco
castos. Cubre su cuerpo con un abrigo descolorido para ocultar sus
rodillas y se echa sobre la cabeza una mantilla de encaje. Aguarda
la llegada de los feligreses a la misa de cada semana, con la mirada
descansada en los mosaicos del piso, sentada en la primera fila
de bancas y con las manos aferradas al misal que el párroco
le regaló.
A las siete de la noche comienza la celebración. El sacerdote
da la bienvenida después de que las campanas tañen
la última llamada y el recinto está poblado de comerciante,
policías, asaltantes, padrotes y prostitutas, como Sofía.
Estamos todos aquí reunidos, hermanos...
Ella es la más atrevidas: da un tirón a los tipos
adinerados de la zona para ofrecerse como cualquier mercancía,
no le enoja el apretón en las nalgas de los atrevidos ni
tampoco le da asco meterse con los indigentes que pueden pagar veinte
minutos y el cuarto del hotel.
Yo confieso ante Dios todo poderoso y ante ustedes...
Todo es para poner el ejemplo a sus pupilas de que no hay distinción
ninguna: párvulos, ancianos, gordos, feos, sucios; si traen
dinero reciben indulgencia. Las alecciona sobre la ética
de las calles y las golpea cuando alguna quiere hacerse valer más
que las otras. Las trotadoras tienen un código que Sofía
practica y hace respetar. A sus cuarenta y cinco años se
ha ganado un lugar privilegiado en las esquinas. No hay padrote
que pueda amedrentarla ni jovencita que la desplace, es conocida
como una mujer inquebrantable e influyente en el medio, amiga de
oficiales y delincuentes, capaz de recurrir a la tortura ante la
menor indisciplina.
Padre nuestro que estas en los cielos, santificado sea tu
nombre...
Mira ocasionalmente a los ojos del clérigo, su único
amor, padre de María, su hija de veinte años, a quien
no ve: la corrió a los quince por tenerle celos no
soportó los largos minutos de confesión que sostenía
con su progenitor; busca la pasión del cura, y casi
al mismo tiempo, mira el rostro de la virgen para pedirle perdón.
No soy digna de que vengas a mí, pero una palabra tuya
bastará para salvar mi alma.
Nunca se han visto fuera de la iglesia. Sofía jamás
le ha pedido al presbítero que la lleve a un motel o a comer
a un lugar apartado; todas sus reuniones se llevan a cabo en la
cama en donde descansa el padre Leopoldo: dos horas máximo,
una vez a la semana y ahora, doscientos cincuenta pesos por sesión.
Ella se enamoró con el tiempo, él se convirtió
en la relación más constante de su vida. La pasión
y la ternura dependen del ánimo del hombre, mas los golpes
dependen de la culpa y el arrepentimiento del sacerdote. Lo que
el párroco no sabe, es que Sofía deposita en la urna
de la iglesia, a los pies de la virgen, el pago que él le
hace por sus visitas.
Pueden ir en paz, nuestra misa ha terminado.
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| ISABEL |
Isabel no quiso cubrirse de la lluvia, se quedó mirando,
y sin llorar, el ataúd mientras éste bajaba a la fosa.
El
edema hemorrágico del pulmón izquierdo de Rosalía
desconcertó a los médicos de la guardia nocturna.
La vecina no pudo decirles si la paciente padecía alguna
enfermedad pulmonar crónica ni siquiera si fumaba,
el trato que tenía con la enferma podía catalogarse
de alejado. El historial clínico de Rosalía no arrojaba
luz sobre el caso: gripes comunes, algunas contusiones sin importancia
y un solo Papanicolaou. La canalizaron de emergencia al hospital
más cercano.
La vecina llevó con ella a Isabel de cinco años, hija
de Rosalía. La niña no lloraba, seguía como
autómata a la señora que les hacía el favor
de acompañarlas al doctor a su madre y a ella. El traslado
tardó, y ya avanzada la noche vinieron nuevos interrogatorios
para la buena samaritana e Isabel, poco pudieron aportar. La mujer
dijo que a pesar de tener algunos años viviendo en el mismo
edificio, apenas se saludaban: no se retrasaba con las cuotas, no
tenía perros ni organizaba fiestas. Rosalía tenía
un marido joven que hacía viajes constantes, era el caso,
no se encontraba en la ciudad. Isabel, ante las preguntas del médico,
lo miraba con sus ojitos tristes y se encogía de hombros.
No pasó mucho tiempo: Rosalía entró en coma.
Rosalía se vendó la espalda y el pecho para mitigar
las molestias. La tos se presentó a la par con el dolor en
el tórax, los remedios caseros y las pastillas no la ayudaron.
El malestar creció después del tercer día.
La llovizna y el frío parecían calarle los huesos,
a pesar de que se cubrió con varias mantas. Rosalía
aparentaba frente a su hija que nada pasaba; pero la niña
se daba cuenta de que su madre sentía un gran dolor. Ninguna
de las dos sonreía.
Esa mañana, Rosalía no pudo levantarse, la fiebre
la tenía tiritando. Isabel le trajo agua y la cuidó
durante el día; pero llegada la noche fue a buscar ayuda
al piso de arriba. Isabel, durante el camino al hospital, mantuvo
la mirada en sus zapatos, viajó en el asiento de adelante
mientras Rosalía estaba tendida atrás. Parecía
dormir, pero la niña sabía que no era así,
y las dos mantenían silencio, como si fuera un pacto.
Ya estando en la camilla, Rosalía tomó con desesperación
las manos de su vecina y le entrego las de la niña; no dijo
nada, pero con la mirada le pedía ayuda para Isabel. Pronto
se perdió por el pasillo. Los médicos no pudieron
hacer que la paciente les dijera que le había pasado, estaba
semiinconsciente. Cuando retiraron las vendas, el edema apareció
en toda su magnitud. Gran parte de su espalda parecía una
bolsa colgante, llena de líquido violáceo y de cada
uno de sus poros emanaban minúsculas gotas de sangre.
Los últimos quince días, Rosalía e Isabel la
habían pasado tranquilas; pero una sola llamada basto para
alterarlas, aunque cada una disimuló. Los viajes de Rodrigo
les daban respiros, les permitían llevar una vida casi normal.
No platicaban, entre ellas, de ese abismo que crecía en su
corazón. Jamás le dijeron a nadie del infierno que
padecían, aprendieron a quedarse calladas y a fingir.
Esa noche, después de cenar, creyeron que nada iba a pasar;
Rodrigo llegó de buen humor, incluso, cariñoso. No
hubo gritos ni insultos, vieron la televisión como cualquier
familia, y antes de acostarse les dio regalos: un vestido nuevo
para Rosalía y una muñeca para Isabel.
En
la oscuridad, una mano cubrió la boca de Isabel y otra hurgó
dentro de sus pantaletas. No opuso resistencia. Miró la silueta
de su padre recargado en el quicio de la puerta, observando complacido,
mientras era penetrada. La luz rota por una figura conocida no la
consolaba de aquellos abusos. No había a quien pedirle ayuda.
Fue entonces que Rosalía rompió en llanto y se negó
a seguir violando a su propia hija; enseguida vinieron los golpes,
los insultos y las amenazas: Rodrigo descargó toda su frustración
contra su esposa por desobedecerlo.
Isabel corrió al closet, como todas las veces que eso sucedía.
No lloró, se quedó agazapada esperando a que llegara
la mañana.
Una mujer escucha morbosa el ajetreo del departamento de abajo.
Cuando el silencio lo cubre todo, ella cierra la ventana y se va
a dormir. |
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