AMANDA ARCELIA VILLAREAL LAMAS


Amanda Villarreal nació en la ciudad de México y es orgullosa habitante del Centro Histórico. Egresada de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Participante en la Antología del Cuento Dañado con el cuento Resaca y en el Primer Encuentro Internacional de Arte sobre el Femicidio de Ciudad Juárez en el Museo de la Ciudad de México, 2003, con el cuento Estertor. Ganadora del concurso Mujer Arte 2004 con el cuento Isabel. Finalista del Premio Nacional al Estudiante Universitario en la categoría de relato “Sergio Pitol” de la Universidad Veracruzana en Xalapa, Veracruz, 2004. Miembro del jurado del certamen de Proyectos Artísticos y Culturales 2004 por parte del Instituto Mexicano de la Juventud. Actualmente estudia la licenciatura de Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).
ESTERTOR
Leí que la mayoría de los asesinos seriales son hombres y también leí que la mayor parte de sus víctimas son mujeres...
Me encontró la noche de la reunión cuando iba de regreso a mi casa, yo caminaba por la avenida principal en contra corriente del tránsito. No me preguntó la hora ni trató de molestarme, no venía en carro ni acompañado, sólo apareció de pronto, me tapó la boca y me cargó en vilo hasta un callejón. No pude gritar, con el primer golpe perdí el conocimiento.

Desperté en un lugar oscuro y maloliente, amarrada por las extremidades a cada una de las patas de un viejo y desvencijado camastro, semidesnuda, silenciada con cinta adhesiva. Durante el desmayo el raptor me rasgó la ropa con violencia y ultrajó mi cuerpo –aunque no registré el hecho conscientemente sino hasta el nuevo ataque sexual. No muy lejos, en un sillón de basurero, ese hombre revisaba minuciosamente mis tenis con el rostro descompuesto mientras se sobaba el miembro; el jadeó y la contorsión descansó con la expulsión gelatinosa y blanquecina que iba escurriendo por su mano. De repente se levantó furioso y me golpeó con un madero que recogió del suelo hasta hacerme sangrar. Miré aterrada sus ojos desorbitados por el placer y lo supe, encajó de forma certera el palo por mi culo. Caí lento en un oscuro total mientras pensaba —un loco, es sólo un loco—, uno de tantos que aprovecha la fama de la ciudad para realizar sus enfermas manías.

En las reuniones, –al contrario de la versión de las autoridades– se descartaba la posibilidad de un asesino serial; las hipótesis de las compañeras apuntaban generalmente al narcotráfico y a la complicidad del gobierno estatal y federal. La imaginación fantasiosa de la población hablaba de ritos satánicos, tráfico de órganos o crímenes pasionales. Lo cierto es que no se esclarecía con ninguna teoría las más de doscientas muertas y cientos de desaparecidas.

Mi terror se fue acompañando de odio y coraje. De nada valía la lucha organizada de mujeres en Ciudad Juárez, la participación de peritos en criminología y los escritos en la Prensa para detener el maldito femicidio. Todo eso no importa, el psicópata me lame de cuando en cuando entre las piernas, pellizca mis pezones, retira la mordaza para introducir su pene en mi boca para luego regresar a acariciar los zapatos deportivos. Traté de reconocerlo, de indagar en mi memoria si alguna vez había tenido contacto con él, si se trataba de alguna venganza o uno de los tantos y ya sabidos secuestros políticos; pero no, su cara me era desconocida. No había indicios de que con el rapto buscara alguna respuesta o consecuencia de peso. Estaba claro que el tipo no conocía a sus víctimas, escogía al azar, y ahí estaba yo caminando por la avenida. Pudo ser cualquier mujer sola vagando esa noche de viernes; pero fue a mí, a la asesora legal del movimiento a quien amagó y arrastró a este catre, en donde lleno de malsano placer me explora la vulva con un lente de aumento y hunde en la cavidad sus dedos ansiosos mientras muerde mis caderas.

Me Introduce en la vagina y en el ano toda clase de cosas: palos, tubos, plásticos. Pero a mi boca no lleva nada de alimento.

Ya perdí el conteo del tiempo que ha transcurrido desde esa noche en que buscaba mi auto... no sé en qué momento la esperanza me desapareció de la mente.

Seguro se abrió un expediente y se hizo la búsqueda de rigor. No pasará mucho –si no es que ya ahora– para que el fólder termine empolvado encima de un escritorio y los buscadores se sienten a esperar que aparezca mi cadáver en el desierto. Para encontrar al sicótico que me tiene retenida, las autoridades municipales podrían tener voluntad y competencia –o ponerse a pensar por dónde empezar a buscarme–; mas no lo creo, estarán ocupados recibiendo jugosas sumas ganadas con silencio e ineptitud. El hilo conductor de los crímenes no cuenta con los mismos motivos, acciones, o formas de matar; pero sí es el mismo hecho que permite que sucedan: corrupción.

Franky, como decidí llamarle, es un hombre joven de aspecto inofensivo, a pesar de su gran estatura y espesor. Tiene manos grandes, acné en el rostro y el cuello; suda copiosamente, come compulsivo bolsas de fritangas y toma refresco de dieta. No habla y mira fijo el televisor cuando no está haciendo otra cosa. Sale a trabajar temprano y regresa a media tarde. Nadie viene a visitarlo. Cuando llega, flagela mi cuerpo llagado y entumecido. Por las noches, únicamente me penetra —nunca me ha besado.

No entra luz por las rendijas del techo. Es muy noche. ¿Por qué no ha vuelto?, no es su costumbre llegar tarde. ¡Tal vez algo le pasó y yo no puedo ir a buscarlo...!
Hoy Franky lavó de mi espalda el excremento reseco que desde el primer día que llegué dejó el miedo... ¡Franky me dio comida y agua!

LA PAZ DEL SEÑOR
Como todos los lunes, Sofía llega antes de que den la primera llamada a la iglesia de la Asunción, para arreglar las flores que lleva sin falta. Se adelanta para rezar un rosario por sus muertos y decir sus oraciones con calma, sin que nadie la moleste: lleva veinticinco años de devoción a la virgen.

Viste siempre de negro para ir al templo, aun cuando va a la casa parroquial a darle servicio al padre Leopoldo, quién le ha pedido muchas veces que no lo haga. A Sofía le parece irreverente entrar al territorio de la madre de Dios en atavíos poco castos. Cubre su cuerpo con un abrigo descolorido para ocultar sus rodillas y se echa sobre la cabeza una mantilla de encaje. Aguarda la llegada de los feligreses a la misa de cada semana, con la mirada descansada en los mosaicos del piso, sentada en la primera fila de bancas y con las manos aferradas al misal que el párroco le regaló.

A las siete de la noche comienza la celebración. El sacerdote da la bienvenida después de que las campanas tañen la última llamada y el recinto está poblado de comerciante, policías, asaltantes, padrotes y prostitutas, como Sofía.

—Estamos todos aquí reunidos, hermanos...

Ella es la más atrevidas: da un tirón a los tipos adinerados de la zona para ofrecerse como cualquier mercancía, no le enoja el apretón en las nalgas de los atrevidos ni tampoco le da asco meterse con los indigentes que pueden pagar veinte minutos y el cuarto del hotel.

—Yo confieso ante Dios todo poderoso y ante ustedes...

Todo es para poner el ejemplo a sus pupilas de que no hay distinción ninguna: párvulos, ancianos, gordos, feos, sucios; si traen dinero reciben indulgencia. Las alecciona sobre la ética de las calles y las golpea cuando alguna quiere hacerse valer más que las otras. Las trotadoras tienen un código que Sofía practica y hace respetar. A sus cuarenta y cinco años se ha ganado un lugar privilegiado en las esquinas. No hay padrote que pueda amedrentarla ni jovencita que la desplace, es conocida como una mujer inquebrantable e influyente en el medio, amiga de oficiales y delincuentes, capaz de recurrir a la tortura ante la menor indisciplina.

—Padre nuestro que estas en los cielos, santificado sea tu nombre...

Mira ocasionalmente a los ojos del clérigo, su único amor, padre de María, su hija de veinte años, a quien no ve: la corrió a los quince por tenerle celos –no soportó los largos minutos de confesión que sostenía con su progenitor–; busca la pasión del cura, y casi al mismo tiempo, mira el rostro de la virgen para pedirle perdón.

—No soy digna de que vengas a mí, pero una palabra tuya bastará para salvar mi alma.

Nunca se han visto fuera de la iglesia. Sofía jamás le ha pedido al presbítero que la lleve a un motel o a comer a un lugar apartado; todas sus reuniones se llevan a cabo en la cama en donde descansa el padre Leopoldo: dos horas máximo, una vez a la semana y ahora, doscientos cincuenta pesos por sesión. Ella se enamoró con el tiempo, él se convirtió en la relación más constante de su vida. La pasión y la ternura dependen del ánimo del hombre, mas los golpes dependen de la culpa y el arrepentimiento del sacerdote. Lo que el párroco no sabe, es que Sofía deposita en la urna de la iglesia, a los pies de la virgen, el pago que él le hace por sus visitas.

—Pueden ir en paz, nuestra misa ha terminado.

ISABEL
I
Isabel no quiso cubrirse de la lluvia, se quedó mirando, y sin llorar, el ataúd mientras éste bajaba a la fosa.
II
El edema hemorrágico del pulmón izquierdo de Rosalía desconcertó a los médicos de la guardia nocturna. La vecina no pudo decirles si la paciente padecía alguna enfermedad pulmonar crónica —ni siquiera si fumaba—, el trato que tenía con la enferma podía catalogarse de alejado. El historial clínico de Rosalía no arrojaba luz sobre el caso: gripes comunes, algunas contusiones sin importancia y un solo Papanicolaou. La canalizaron de emergencia al hospital más cercano.
La vecina llevó con ella a Isabel de cinco años, hija de Rosalía. La niña no lloraba, seguía como autómata a la señora que les hacía el favor de acompañarlas al doctor a su madre y a ella. El traslado tardó, y ya avanzada la noche vinieron nuevos interrogatorios para la buena samaritana e Isabel, poco pudieron aportar. La mujer dijo que a pesar de tener algunos años viviendo en el mismo edificio, apenas se saludaban: no se retrasaba con las cuotas, no tenía perros ni organizaba fiestas. Rosalía tenía un marido joven que hacía viajes constantes, era el caso, no se encontraba en la ciudad. Isabel, ante las preguntas del médico, lo miraba con sus ojitos tristes y se encogía de hombros.
No pasó mucho tiempo: Rosalía entró en coma.
III
Rosalía se vendó la espalda y el pecho para mitigar las molestias. La tos se presentó a la par con el dolor en el tórax, los remedios caseros y las pastillas no la ayudaron. El malestar creció después del tercer día.
La llovizna y el frío parecían calarle los huesos, a pesar de que se cubrió con varias mantas. Rosalía aparentaba frente a su hija que nada pasaba; pero la niña se daba cuenta de que su madre sentía un gran dolor. Ninguna de las dos sonreía.
Esa mañana, Rosalía no pudo levantarse, la fiebre la tenía tiritando. Isabel le trajo agua y la cuidó durante el día; pero llegada la noche fue a buscar ayuda al piso de arriba. Isabel, durante el camino al hospital, mantuvo la mirada en sus zapatos, viajó en el asiento de adelante mientras Rosalía estaba tendida atrás. Parecía dormir, pero la niña sabía que no era así, y las dos mantenían silencio, como si fuera un pacto.

Ya estando en la camilla, Rosalía tomó con desesperación las manos de su vecina y le entrego las de la niña; no dijo nada, pero con la mirada le pedía ayuda para Isabel. Pronto se perdió por el pasillo. Los médicos no pudieron hacer que la paciente les dijera que le había pasado, estaba semiinconsciente. Cuando retiraron las vendas, el edema apareció en toda su magnitud. Gran parte de su espalda parecía una bolsa colgante, llena de líquido violáceo y de cada uno de sus poros emanaban minúsculas gotas de sangre.
IV
Los últimos quince días, Rosalía e Isabel la habían pasado tranquilas; pero una sola llamada basto para alterarlas, aunque cada una disimuló. Los viajes de Rodrigo les daban respiros, les permitían llevar una vida casi normal. No platicaban, entre ellas, de ese abismo que crecía en su corazón. Jamás le dijeron a nadie del infierno que padecían, aprendieron a quedarse calladas y a fingir.
Esa noche, después de cenar, creyeron que nada iba a pasar; Rodrigo llegó de buen humor, incluso, cariñoso. No hubo gritos ni insultos, vieron la televisión como cualquier familia, y antes de acostarse les dio regalos: un vestido nuevo para Rosalía y una muñeca para Isabel.
V
En la oscuridad, una mano cubrió la boca de Isabel y otra hurgó dentro de sus pantaletas. No opuso resistencia. Miró la silueta de su padre recargado en el quicio de la puerta, observando complacido, mientras era penetrada. La luz rota por una figura conocida no la consolaba de aquellos abusos. No había a quien pedirle ayuda. Fue entonces que Rosalía rompió en llanto y se negó a seguir violando a su propia hija; enseguida vinieron los golpes, los insultos y las amenazas: Rodrigo descargó toda su frustración contra su esposa por desobedecerlo.

Isabel corrió al closet, como todas las veces que eso sucedía. No lloró, se quedó agazapada esperando a que llegara la mañana.
IV
Una mujer escucha morbosa el ajetreo del departamento de abajo. Cuando el silencio lo cubre todo, ella cierra la ventana y se va a dormir.